Desde los albores de la historia de la humanidad, las sociedades han reconocido los múltiples inconvenientes del trueque y han vuelto la mirada hacia el uso de dinero. No está claro, sin embargo, cuándo fue la primera vez que se empleó alguna forma de dinero. Lo que sí se conoce con más precisión es que el dinero metálico apareció alrededor del año 2000 a. C. Si bien los metales presentan muchas ventajas sobre otras formas de dinero distintas del papel moneda, a través de la historía se han usado todo tipo de mercancías como dinero: desde conchas marinas coloreadas en la India, hasta cigarrillos en los campos de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial, o dientes de ballena en FiJi. En la isla de Yap, en el océano Pacífico, los habitantes utilizaban discos de piedra de diversos tamaños como dinero. Mientras más grande fuera el disco, mayor era su valor. Algunos eran tan grandes que no podían moverse. Así, cuando se hacía una transacción, la piedra quedaba donde estaba, pero todos sabían que ahora pertenecía al vendedor. Cómo sería la confianza que los isleños ponían en su dinero, que existió el caso de una familia rica que era propietaria de una enorme piedra que estaba en el fondo del mar! Un antepasado la había perdido en una tormenta mientras la transportaba desde la cantera, pero los isleños todavía daban crédito a la familia por la piedra, porque su dueño no había tenido la culpa de perderla.
En sus comienzos, las formas metálicas de dinero no estaban estandarizadas ni certificadas, lo que hacía necesario pesar los metales y certificar su pureza antes de realizar las transacciones (no olvidemos que “no todo lo que brilla es oro”). La acuñación de monedas, que surgió en Grecia, fue una forma útil de aminorar este problema y pronto se popularizó. Las monedas redujeron sustancialmente la necesidad de pesar y certificar los metales, con lo que se facilitaron las transacciones.



